La mañana despierta con el perfume de las montañas tirolesas y el suave murmullo del invierno. Tras el desayuno, usted comienza a sentir que Innsbruck no se visita: se vive.
Por la mañana, la visita de la ciudad lo conduce bajo el Arco del Triunfo, puerta simbólica entre pasado y presente. En el casco antiguo, las casas medievales parecen custodiar siglos de historia, y el célebre Tejadito de Oro brilla como un guiño imperial: fue cubierto con más de dos mil tejas doradas para celebrar una boda de los Habsburgo.
En la Iglesia de la Corte, la tumba de Maximiliano I impresiona, escoltada por gigantescas estatuas negras de cobre que, dicen, vigilan al emperador incluso en silencio. El Palacio Hofburg revela el refinamiento de una corte que hizo de Innsbruck su residencia alpina.
Por la tarde, el espíritu navideño envuelve la ciudad en su mercado tradicional. Entre aromas de almendras y kiachln, artesanos y villancicos, usted pasea como dentro de un cuento, con vino caliente entre las manos y música resonando desde la torre del Tejadito de Oro.
Tip Greca: abríguese bien y reserve un momento para observar a la gente local; ahí late el verdadero corazón de Innsbruck.








